


Cristóbal Díaz Ayala murió el pasado 5 de mayo y con él se mengua, quizás, el vivo ejemplo de una manera de ser en la masculinidad antillana compartida. Esa cualidad apenas la reconocí en hombres de mi generación. Semejante bonhomía antillana la advertí por primera vez en mi tío político, hombre con el canino apodo de “Fito”. Era su manera particular de narrar la anécdota, cierta facilidad y agilidad verbal que identificamos con el orteguiano hablista, la afabilidad en el trato, el verbo chispeante a mitad de camino entre la seriedad y la ironía, entre la conversación y el relajo, su choteo cubano. Cristóbal siempre fue un antillano divertido.

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