


La corrupción es un fenómeno social antiguo y poliédrico. Etimológicamente, el término proviene del sustantivo latino “corruptio”, que alude a la ruptura deliberada de algo, de su propia naturaleza, convirtiéndolo en algo distinto a su fin. En el caso de la corrupción política, las instituciones se pervierten para el beneficio individual y no colectivo, lo que las convierte en aparatos que traicionan la aspiración al bien común, inherente a la política. En Puerto Rico, según un reciente estudio de la Pontificia Universidad Católica, este fenómeno le cuesta más de $527 millones anuales a nuestra demacrada economía y, en las dos últimas décadas, unos $7.4 mil millones. En consecuencia, es urgente entenderlo, identificarlo y prevenirlo.

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