


Imaginemos entrar a un museo de arte en donde los cuadros y sus autores no estén identificados. Que se exhiban de la misma manera que uno pudiera encontrarlos en la sala de una casa, junto con muebles, adornos y objetos cotidianos. Un sitio en donde el visitante pueda enfocarse realmente en lo que experimenta cuando está viendo la obra, sin que le digan lo que debe sentir. Quien haya tenido la fortuna de recorrer la Fundación Barnes en Filadelfia, el Museo Sorolla en Madrid o algunas salas del Art Institute de Chicago, saben perfectamente que estos espacios no son una utopía, sino realidades palpables. Sin embargo, esta no es la manera habitual en que se expone el arte.

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