


Cuando pensamos en nuestra historia personal, solemos reparar en lo que significó la escuela para nosotros. Bien o mal, la memoria vuelve a ese territorio fundacional donde aprendimos las señas básicas para navegar el mundo, y ese recuerdo no es tanto del aspecto físico de la escuela sino de la gente que nos acompañó en esa travesía. Por eso como padre, cuando pienso en la Nueva Escuela Juan Ponce de León (NEJPDL) del barrio Juan Domingo en Guaynabo, regreso a un capítulo de nuestra vida que dejó una huella muy profunda. Huelga decirlo, pero en la tarea de educar, los padres y madres también vamos matriculados, aunque no recibamos calificación. Acaso el mejor indicador de éxito sea la manera en que nuestros hijos desplieguen lo que allí aprendieron, integrando a su vida los valores y las experiencias que allí vivieron. Así ocurre con mi hijo Pablo, que vivió allí desde preescolar hasta sexto grado. Nueve años de lecciones para toda la familia.

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