


El servicio militar se fundamenta en un pacto de honor: la entrega absoluta en el frente de batalla a cambio de la certeza de que, al regresar a casa, el Estado cumplirá con los beneficios legítimamente devengados por los servicios honorables prestados a la Nación. Ser veterano no otorga privilegios especiales por encima del ciudadano común, ni se reclama un estatus de superioridad; lo que se exige es el cumplimiento de los compromisos de salud, retiro y apoyo que se ganaron con creces en uniforme. Sin embargo, para los miles de veteranos que residen en Puerto Rico, ese pacto se desvanece a diario en el choque entre la burocracia, las carencias del sistema de salud y la frialdad de la política.

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