


La economía estadounidense, y por extensión la puertorriqueña, atraviesa una transición que muchos analistas aún no terminan de procesar. Salimos del régimen deflacionario de la década pasada y entramos en uno inflacionario, no por excesos de demanda, sino por limitaciones estructurales del lado de la oferta. La crisis del estrecho de Ormuz volvió a colocar al petróleo en el centro de las preocupaciones inflacionarias, mientras la expansión de centros de datos para inteligencia artificial dispara la demanda energética y la insuficiencia de mano de obra presiona los costos laborales.

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