No puedo recordar la primera vez en que, de niña, me fijé en ese objeto de papel llamado periódico. Lo que sí puedo recordar son las manos de mi papá sosteniéndolo bajo su brazo, como parte de todo un ritual que incluía su taza de café, una silla específica del comedor y toda su atención depositada en aquella herramienta de papel. Más adelante, recuerdo cómo me intrigaba el hecho de que mi papá pasaba horas con su periódico. Primero, en un recorrido rápido por sus páginas y luego, volviendo a la portada para leerlo cuidadosamente, comenzando con las noticias del día y terminando con la sección de deportes.

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