Once puñaladas. Es en primera y última instancia el dato más relevante y revelador del caso que nos ocupa. Porque, más allá de normas jurídicas de todas clases y las argucias abogadiles que se esgriman en la defensa de la ahora convicta, a los ojos y a la buena conciencia de la sociedad no puede haber explicación exculpatoria ni verdaderamente atenuante de una salvajada así. Quitarle la vida a otro ser humano es – excepción hecha de la defensa propia – un acto inexcusable, pero si a ello se añade la saña con la que se ejecuta, entonces estamos ante un hecho monstruoso imposible de minimizar en modo alguno.

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