


Una nota debería decir algo. No decorar un expediente. No maquillar una estadística. No ofrecer tranquilidad simbólica cuando falta evidencia suficiente de aprendizaje. Debería afirmar qué sabe hacer un estudiante, bajo qué criterios y con qué nivel de dominio. Cuando esa promesa se rompe, la calificación no desaparece. Y ocurre algo peor, permanece, pero vacía. Recuerdo a un colega que, con una mezcla de ironía y resignación, solía decir: “yo les doy A y dejo que la vida los cuelgue”. La frase provocaba risas. Sin embargo, detrás de ella se escondía una inquietante renuncia: la idea de que distinguir entre la competencia y la insuficiencia podía posponerse hasta que el estudiante se enfrentara al mundo real. Pero si la escuela abdica de esa responsabilidad, ¿qué función conserva entonces la calificación?

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