


El caso de Lindsay Clancy nos coloca ante una de esas situaciones que conmueven y al mismo tiempo desafían nuestra capacidad de comprender la complejidad del psiquismo humano. Una madre es imputada de ultimar a sus tres hijos menores de edad. En una sociedad en la que la maternidad ocupa un lugar particularmente sensible, a la vez que exigente, resulta casi inconcebible comprender que una mujer pueda matar a sus hijos y que, simultáneamente, pueda estar gravemente enferma. Sin embargo, comprender no significa justificar. Tampoco significa borrar a las víctimas. Significa preguntarnos qué puede ocurrir en la mente humana para que alguien llegue a realizar un acto que, desde la racionalidad cotidiana, resulta incomprensible.

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