


Cuando el racionamiento de agua potable ya toca la puerta de miles de hogares, la sequía deja de ser una noticia lejana sobre embalses con niveles bajos para convertirse en una experiencia cotidiana: horarios de servicio interrumpidos, tanques que se llenan a las carreras, negocios que ajustan sus operaciones y familias que reorganizan su día en torno a cuándo llega —o no llega— el agua. Ese es, precisamente, el momento en que una sequía hidrológica se transforma en lo que los especialistas llaman una sequía social: cuando la falta de lluvia deja de ser un asunto del cielo y pasa a ser un asunto de gobernanza.

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