


Vivimos rodeados de personas, notificaciones y pantallas, pero cada vez más individuos describen una sensación persistente de vacío, desconexión y aislamiento emocional. No siempre se trata de estar físicamente solos; muchas veces es sentirse solo incluso en compañía. En consulta clínica y en conversaciones cotidianas emerge una experiencia común: la dificultad para conectar de manera profunda, auténtica y sostenida. La soledad, más que una emoción pasajera, se ha convertido en un síntoma social que atraviesa relaciones, comunidades y cuerpos.

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