


El mundo es mágico todavía, lo sé. Y es que la renuncia de Francisco Domenech no es un logro político ni ético, pero sí una pequeña victoria para las humanidades. Me explico. No solo se trata de que ya no tendremos que escuchar las patéticas “citas citables” que usaba el ex secretario de la gobernación, sino que su salida ha salvado a una buena cantidad de poetas, pensadores y personajes históricos de la garganta de Domenech para justificar sus politankerías. Aunque fueron pocos los que cayeron en su estanque (el poema del pastor luterano Martin Niemöller que está en el Museo del Holocausto y una cita de Robert Kennedy padre, que sabrá Dios de dónde la sacó), lo cierto es que Domenech representa precisamente esa claque de “corruptos ilustrados” que se agarran de la cultura para sobrevivir. Ya lo decía Gabriel Zaid: la mayor amenaza de las humanidades no viene de los que no saben leer ni escribir, sino de los que no leen nada, pero no dejan de escribir para conseguir poder.

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