25 de septiembre de 2021 - 11:40 PM

Ciudad Acuña, México - A sus 32 años, Benzon Channone ha pasado una cuarta parte de su vida moviéndose de un país a otro. A pie, en guagua, cruzando ríos, bosques, valles, sembradíos, saltando verjas o pasándole por debajo, lleva ocho años caminando hacia un horizonte que siempre parece lejano, buscando dónde asentarse, trabajar y poder responder por los suyos.
“Lo único que busco es un sitio donde poder trabajar y ayudar a mi familia”, dice el hombre, quien es natural de Haití, en el español bañado en creole que aprendió, un poco aquí, otro allá, en los nueve países hispanoparlantes por los que ha pasado en una travesía que comenzó, en 2013, en República Dominicana y lo llevó a Brasil, Bolivia, Perú, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Guatemala y, ahora, México.
Su meta es Estados Unidos, donde cree, y es posible que con razón, que hay lo que salió a buscar cuando se fue de Gonaive, el populoso barrio de Puerto Príncipe, la capital haitiana y que no ha hallado en ningún otro sitio: un salario que le permita cubrir tanto sus necesidades como las de sus parientes, que incluyen una niña de ocho años a la que ha visto una sola vez desde que se fue.
“En Brasil, trabajé en una planta (procesadora de carne) de cerdos, pero no me sobraba nada. Todo se me iba en hospedaje y comida”, cuenta el hombre.
Channone llegó muy cerca de Estados Unidos. Tan cerca, que puede verlo. Es uno de más de 14,000 inmigrantes indocumentados que, de la noche a la mañana, aparecieron en esta pequeña ciudad fronteriza, con la idea de entrar a Estados Unidos. Llegaron con la idea de que la nueva administración estadounidense encabezada por el presidente demócrata Joe Biden los recibiría con las puertas abiertas.
Se encontraron ellos, y muchos otros en distintos pasos fronterizos entre México y Estados Unidos, con una sorpresa muy desagradable. La retórica de Biden puede ser menos hostil hacia los inmigrantes que la de su antecesor, el republicano Donald Trump. Pero las puertas de Estados Unidos siguen tan cerradas como siempre para inmigrantes sin papeles.
Se estima que en Estados Unidos viven entre 10 millones y 12 millones de indocumentados, la inmensa mayoría latinoamericanos. Cada día, miles más intentan entrar. En julio de este año, las agencias migratorias estadounidenses reportaron 199,177 detenciones, el número más alto desde marzo de 2000, según el Centro Investigaciones Pew.
En ese contexto, no es extraño que de cuando en vez estalle alguna crisis en la frontera, como la que ocurrió hace unos días cuando más de 10,000 haitianos aparecieron en Ciudad Acuña, una jurisdicción de 216,000 habitantes que conecta, a través de un puente, con Del Río, un pequeño pueblo de Texas de 35,000 personas.
La crisis captó la atención de la comunidad internacional por varias razones. Primero, porque el cruce entre Ciudad Acuña y Del Río no ha sido nunca de los más explorados para entrada de indocumentados y, segundo, porque al ser dos ciudades relativamente pequeñas la enorme cantidad de inmigrantes llegados abrumó sus servicios migratorios y sociales.
Pero, más importante, es por la procedencia de casi la totalidad de esta ola de inmigrantes, Haití, un país disfuncional, con un gravísimo problema de pobreza y violencia y que ha sufrido este año dos tragedias inimaginables con el asesinato de su presidente, Jovenel Moïse, en su propia casa, el 7 de julio de este año y un terremoto apenas un mes y unos días después, el 14 de agosto, que causó cerca de 2,200 muertes.

La mayoría de los haitianos en Ciudad Acuña no estaba en Haití durante las últimas dos tragedias. Pero sí durante otras, como el terremoto de 2010 que causó 230,000 muertos, varios huracanes e interminables crisis políticas. Además, los recientes eventos acentúan su temor de regresar a un país al que hasta sus propios nacionales le temen.
“Si en mi país pueden entrar a la casa del presidente y asesinarlo, ¿quién está seguro?”, dijo un haitiano en Ciudad Acuña que prefirió que no se le identifique.
Muchos de los haitianos aquí vienen de Sudamérica, sobre todo Chile y Brasil, países donde habían estado llegando con relativa facilidad desde poco después del terremoto del 2010.
En Chile, por ejemplo, unos 110,000 haitianos llegaron a partir de 2010. Desde el 2018, muchos comenzaron a confrontar problemas para renovar sus permisos de residencia y, tras la derrota de Trump en las elecciones estadounidenses de 2020, emprendieron la ruta al norte con la idea de que serían bien recibidos. Fueron travesías de meses, o en algunos casos de años, de país en país, en guagua, en tren, o a pie que terminó, para la mayoría de ellos, con un portazo en la cara.
“Son personas que a lo largo de su ruta para llegar aquí han estado expuestos a múltiples eventos de violencia, robos, violencia sexual, secuestros”, dijo Matilda Cilley, una doctora argentina que está en Ciudad Acuña asistiendo a los desplazados como parte de la organización internacional Médicos Sin Fronteras.

Channone corrobora que vio asesinatos y violaciones durante su travesía de Brasil a México.
De los 14,000 que llegaron a Ciudad Acuña, quedaban ayer menos de 500. Dormían en un polvoriento parque ecológico, a la intemperie o en casetas de campaña, incluyendo múltiples niños. El gobierno municipal de Ciudad Acuña les ofreció moverlos a un nuevo refugio y darles la oportunidad de regularizar su situación. Al cierre de esta edición, algunas comenzaban a moverse a su nuevo “hogar”.
El jueves, ICE (Inmigration and Customs Enforcement), la agencia migratoria estadounidense, informó que tenía unos 4,000 bajo su custodia. Varios miles han sido devueltos por el gobierno mexicano a Tapachula, en el sur de México, en la frontera con Honduras, donde están las instalaciones de procesamientos de inmigrantes del Instituto Nacional de Migración de este país.
The Associated Press reportó el jueves que una cantidad indeterminada, pero descrita como “de gran escala” por una fuente de la agencia, había sido liberada en territorio estadounidense, con visas temporeras de 60 días, al cabo de los cuales deben presentarse ante las agencias migratorias de ese país para comenzar la solicitud formal de residencia.
Hasta el jueves, 1,406 habían recibido el tratamiento al que más le temen todos: fueron repatriados a Haití. Hay reportes desde Puerto Príncipe, la capital haitiana, de que algunos, al llegar, corren tras el avión del que se acababan de bajar.
Daniel Foote, un enviado de Estados Unidos a Haití, renunció en protesta por la decisión de Washington de repatriar haitianos a su país. “No me asociaré con la inhumana y contraproducente decisión de deportar a miles de refugiados e inmigrantes indocumentados a Haití, un país en el que funcionarios estadounidenses están confinados en complejos de seguridad por el peligro que representan las pandillas armadas que controlan la vida diaria”, dijo.

Las largas travesías terminan en el río que divide a México de Estados Unidos. Aquí le llaman Río Bravo; en el vecino del norte es Río Grande. De noche es una sombra deslizándose entre otras sombras y de día cuerpo de aguas claras que, a veces pueden ser tranquilas, pero de repente agitarse. Al otro lado, agentes estadounidenses fuertemente armados, en fatiga militar, esperan a los que sigan arriesgándose a cruzar.
Una soga guiaba de un país a otro a los que cruzaban; del lado estadounidense, alguien la cortó. Los que crucen ahora, están a merced de alguna corriente súbita. El viernes, gente seguía cruzando. Un silencio tenso matiza el momento en que entran los pies en el agua y se oye el chapoteo.
Los inmigrantes van suave y con cuidado. El agua les llega hasta mitad del pecho o más arriba, dependiendo del tamaño de la persona. Los niños van en el cuello o en la espalda de los adultos. Las familias llevan toda su vida en bolsas plásticas, para que no se mojen sus pertenencias.
Hubo hace días escenas que indignaron a medio mundo: agentes a caballo enfrentando a latigazos a gente desesperada llegando a su país y conminándolos a volver a México. La política cambió desde entonces. Se les recibe ahora con cordialidad, se les sube a guaguas y se les lleva a donde son procesados por las autoridades migratorias.
En la mañana del viernes, hubo una escena que puede parecer extraña. Dos hombres, uno de ellos cargando un bebé en el cuello, y una mujer, cruzaban el río, pero en dirección contraria, de Estados Unidos a México. Al llegar a México, Wendell Ellius, el papá del bebé de un año, contó lo ocurrido. Estuvieron meses atravesando países desde Chile, con la idea de llegar a Estados Unidos. Una vez allá, el escenario con el que encontró fue que sería repatriado a Haití.

Prefirió regresar a México. “No hicimos este viaje tan largo para volver a Haití”, dijo, mientras se secaba.
Minutos después, Ellius, su esposa, el bebé, su amigo, volvían a Ciudad Acuña, a través de un camino árido y polvoriento. Sus siluetas se cortaban contra un cielo de intenso azul.
El horizonte había vuelto a alejarse cuando ya lo habían tocado.
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