


La gobernadora no ha podido convencer a su propio partido de la supuesta belleza de su marido; ni cuando hace dos años dijo que su esposo era el “bartender de la leche” ni hace poco cuando aseguró que Yovín era “el hombre más guapo de Puerto Rico”. Trump tampoco ha podido persuadir a sus huestes de que el estanque frente obelisco en Washington D.C. se veía más lindo con el fondo pintado de azul piscina. Se gastó $14 millones y el agua terminó más verde que el té matcha. Elon Musk también se escocotó con su perorata supremacista sobre la belleza tratando de boicotear la versión de Christopher Nolan de “La Odisea”, que tan siquiera ha sido estrenada en salas, solo porque en el trailer aparece Helena de Troya interpretada por la actriz keniana-mexicana Lupita Nyong’o. Y lo cierto es que, en Homero, la belleza física nunca se presenta desde el color de la piel, sino con acciones o detalles muy específicos: Briseida, la de las mejillas hermosas, Atenea la de los ojos de lechuza, Zeus el que amontona nubes, Agamenón el pastor de hombres, Odiseo el astuto o el destructor de ciudades, Hera y Helena, la de los brazos níveos o los hermosos cabellos. Homero siempre lo tuvo claro: la belleza es mejor cuando se imagina y el que pretenda poseerla sufrirá las consecuencias. Por eso, el Mefistófeles de Marlowe le concede a Fausto el deseo de ver cómo era Helena de Troya; a partir de ahí el alma del Doctor Fausto sería suya. Como todo demonio, Mefistófeles había leído muy bien “La Odisea” y sabía que lo único que salvaba a Odiseo era huir del afán de poseer la grande belleza.

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