


Hace unos años, planteé una interrogante necesaria sobre la figura de los llamados “influencers”. Advertí sobre la superficialidad de un ecosistema que, a menudo, confunde la exposición mediática con la relevancia social. Hoy, tras el reciente altercado en el tribunal protagonizado por una figura que algunos insisten en catalogar bajo ese mismo título, un tal “Gallo The Producer”, me veo obligado a retomar el tema. No es el incidente en sí —lamentable y revelador de una crisis personal evidente— lo que debe ocuparnos, sino la reacción colectiva y la persistencia de un fenómeno que nos desafía como sociedad.

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